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Opinión

Todos los días del hincha

Cuenta Diego Lucero, maestro de periodistas, que don Luis Laventure, quien fuera presidente de Nacional de Montevideo en 1905, le relató con lujo de detalles como nació el término hincha.

Cuenta Diego Lucero, maestro de periodistas, que don Luis Laventure, quien fuera presidente de Nacional de Montevideo en 1905, le relató con lujo de detalles como nació el término hincha. “En su negocio de la “Armería Del Cazador”, en 18 de Julio y Andes, al lado del Café Londres, donde en 1919 tocó Eduardo Arolas, don Luis tenía una trastienda. Allí, todos los atardeceres funcionaba una peña en la que se hablaba largo de fútbol”, relata con su particular estilo en el libro “10.000 horas de fútbol”. Y sigue: “Allí le escuche decir que: “Lo del “Hincha” salió en el Parque Central allá por el año 8 y fue un sobrenombre que le pusieron al gordo Prudencio Reyes”. Resulta que el gordo era uno de esos fanáticos enfermizos y fatigantes, entonces lo rebautizaron con una expresión que intentó ser despectiva –“como hincha este Gordo con sus gritos”- y terminó por convertirse en una palabra gloriosa que define al tablonero del fútbol: ese ser que sufre, goza, ruge y muere por sus colores amados en las tardes del estadio. Su majestad: El Hincha”.

 

¿Cuándo fue que pasó? ¿Cuándo se recibió de hincha en la universidad del fútbol el seguidor de Atlético? Claro que, en realidad, antes que discutir una respuesta a esa pregunta, lo primero que hay que definir es: que es ser verdaderamente hincha de un equipo de futbol en Argentina, y particularmente en Rafaela. Porque no es lo mismo ser hincha en Holanda que en estas tierras. O en Italia que en Suecia. Y en Argentina, si consensuamos un perfil, no todos se apegarán fielmente a esa definición. Los hinchas suelen decir de sí mismos que son diferentes a los de otros clubes, les gusta encontrarse distintos y, por supuesto, mejores. No creo que haya un solo tipo de hincha definido. Somos distintos, pero también nos movemos al compás de los resultados. Cuando el equipo está triunfante, nos ponemos más exigentes y pretendemos ganar y jugar bien. En los momentos más difíciles, ganar es lo único que nos importa. Pero las formas son fundamentales, en la vida y en el fútbol.

 Ahora bien, antes que Atlético llegara al profesionalismo, el hincha de la Crema era especial. Se decía que tenía “paladar negro”, porque exigía tanto la victoria como el respeto hacia la forma en que esta se conseguía. En general, era “frío” aún en la tribuna. Y el asistente a “la techada”, tremendamente exigente. Los que vivimos aquellos años sabemos de la transformación. Esa que nos hizo un día comenzar a ir a la cancha con la camiseta y a cantar no solo dentro del estadio. Todos esos ritos que veíamos en los hinchas del fútbol grande, un día comenzaron a ser nuestros. Para bien y para mal.

El fútbol tiene que ver fuertemente con la identidad. Y con la pertenencia. Este es un tiempo de identidades fragmentadas, donde hay un bombardeo sobre cierto tipo de identidades. El hincha de Atlético ha dado muestras muy claras, ya desde hace bastante tiempo, que tiene sentido de pertenencia. Y exige que quienes visten la camiseta dentro del campo de juego tenga un sentimiento similar, al menos mientras defienda estos colores

Cada cosa en el fútbol se puede discutir, porque en este deporte maravilloso, nada es absoluto. Desde afuera nos ven de un modo muy distinto a como nosotros nos vemos, y es muy probable que entre nosotros mismos no nos pongamos de acuerdo sobre nuestro perfil. Pero algo es cierto, este hincha de hoy ya es un hincha de Primera, más allá de la divisional en que juegue el equipo. Ahora bien, volviendo al principio, ¿Cuándo fue que nos pasó?

Hace una semanas, en “Nada personal”, “Red Urbana” y “La diaria”, todos programas de Radio Universidad, además del sitio “Rafaela Noticias”, se les preguntó a los hinchas de Atlético cual sentían ellos que era su día. Se dieron algunas opciones solo como orientación. La respuesta fue masiva lo que marca, más allá de la llegada de los medios, la autovaloración que tiene el hincha cremoso y su grado de compromiso. En el cuadro se detalla como ha quedado el recuento de votos. Claramente el ascenso de 2.003, cuando se escribió tal vez la página más gloriosa de la historia del futbol de la ciudad con la llegada de Atlético a Primera, ganó con el 45% de los votos. Y la victoria sobre Colón en el Gigante de Arroyito, en 2.015, cuando tras el gol de Roly Depetris mantuvimos la categoría en el mismo momento en que mandamos a los Sabaleros al descenso, quedó segunda con el 24%. Y luego aparecen el ascenso a la B Nacional y el regreso a Primera en 2.011 antes de otros hechos, en general, emparentados a victorias.

No se discute esto porque el que eligió su día es justamente el hincha. Y fueron muchísimos. Pero yo elijo contar el mío, porque si bien esta profesión me ha llevado a domesticar por fuera la fiera de la pasión, interiormente no puedo contenerla. Y también me he convertido en un hincha distinto a aquel que iba a “ver” futbol de Liga en ese teatro maravilloso que es el Monumental. Pero el día en que sentí que me había transformado fatalmente, no tiene que ver con una victoria, sino con la derrota más dolorosa de nuestra historia. Aquel 0-3 ante Gimnasia en La Plata me convirtió para siempre. Muy temprano estaba en El Bosque con el equipo de la radio para transmitir el partido, y con todo preparado en Rafaela para realizar la cobertura de la fiesta que imaginaba. Lo que pasó ya todos lo sabemos. Cuando vi bajar de la tribuna a los hinchas sin arriar sus banderas, cuando los vi llorar sin dejar de cantar, cuando los escuché convencerse unos a otros ya en la ciudad de que había que ser todavía mejores la próxima vez, cuando los vi regresar aún más fuertes al primer partido del torneo siguiente, entendí que ya no éramos los mismos. Que éramos de Primera.

Hay un signo que distingue a los fieles de la Crema, y tiene que ver con el respeto. Más allá de ser este unos de los pocos sitios en el país donde el hincha no fue devorado por el barrabrava, creo fundamentalmente que Atlético tiene hinchas enfermizos a los que afecta emocionalmente la realidad de su equipo, pero no tiene, o tiene muy pocos, fanáticos. Porque el fanatismo lo sufre una persona irracional, violenta, incapaz de ver al ser humano que hay en el rival o en sus jugadores en derrota. Y las tribunas del Monumental fueron mostradas a todo el mundo, como ejemplo, tras el último descenso. Esto demuestra claramente que tras tantas vivencias, y sin importar cual haya sido finalmente el día en que cada uno de nosotros se transformó, el hincha de Atlético, definitivamente, es de Primera.

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