Sospecho que la peste llegó en el momento oportuno. La sociedad de
consumo cuyo templo sagrado es la televisión, genera estereotipos.
Bajo esas reglas de juego el mandato social actual determina, sobre
todo “entre el medio pelo” como diría don Arturo Jauretche, que uno
no existe si no tiene, según los medios de comunicación masivos, lo
que ostentan los exitosos.
Este paradigma subvierte la tabla de valores porque sobrevalúa el
mérito personal colocándolo por encima del interés colectivo.
Bajo ese apotegma, donde lo importante no es lo que se es sino lo que
se tiene, la jauría endiosó a los símbolos del éxito: las marcas, el
dinero, los autos caros, las relaciones con personas influyentes… el
lujo.
Vale la pena recordar que Adolfo Bioy Casares supo sentenciar que
“En todo lujo palpita un íntimo soplo de vulgaridad”, concepto
tomado por el Indio Solari en “Un poco de amor francés”.
El posmodernismo necesita imperiosamente asociar, por cuestiones
obvias, al éxito con el lujo. Generalmente el éxito no anda caminando
por la vida de la mano de la virtud y viceversa.
Realizadas estas conjeturas cabe preguntarse entonces por qué la
sociedad adopta posturas contrarias al interés colectivo, al bien
común. Quizás la respuesta sea más sencilla de lo que se piensa.
La moral de una sociedad es maleable, así lo demuestra la historia y
como tal no deja de ser la consecuencia de las presiones que ejercen
los poderes temporales sobre esa sociedad.
Si esto no hubiese sido así Jesús no hubiese muerto en la cruz, Servet
y Bruno no hubiesen agonizado en la hoguera, ni tampoco Galileo
Galilei habría pagado con cárcel su osadía de respaldar a Copérnico.
Ninguna sociedad que enarbole la bandera de la meritocracia puede
considerarse progresista y mucho menos justa. Esto si reconocemos
que la meritocracia se ubica en las antípodas de la solidaridad y que
ésta, la solidaridad, es un componente inescindible de la virtud.
No estoy diciendo que el mérito no debe ser valorado, digo en cambio que no debería ser utilizado para romper los lazos de solidaridad que necesariamente debe presidir la razón de ser de toda sociedad que tenga por objeto primario la construcción de un orden social verdaderamente justo.
Decididamente el mérito debe ser considerado a todos los efectos,
como un bien compatible con la ambición. Ésta actúa como un
medicamento, suministrado en su justa medida, útil, en exceso,
destructivo; con el mérito pasa algo parecido.
Si esto pareciera ser tan claro, muchos no comprenden y se preguntan
cómo es que personas instruidas pueden llegar a caer en esta especie
de estupidez de endiosar al éxito.
La cuestión tiene su explicación: la instrucción puede transmitirse, la
sabiduría no.
Además, todos debemos tener presente que el éxito y sus estímulos
vinculantes vienen siendo indisimuladamente promocionados por los
medios masivos de comunicación para que la sociedad los incorpore,
ya que esos medios no dejan de ser corporaciones financieras que
ejercen un determinado periodismo en función de sus propios
intereses. Ergo, la gente debiera saber que cuando estos medios
opinan sobre el capitalismo neoliberal excluyente y salvaje y la
meritocracia, siempre lo harán favorablemente, porque están
hablando en nombre propio. ¿Conoce usted a alguien que hable mal
de sí mismo?
Lo que está ocurriendo en el mundo con el cambio climático
provocado por este capitalismo cada vez más concentrado y feroz, la
llegada de pestes como el COVID19, debería hacernos reflexionar, no
a los dueños de la pelota, sino a los que jugamos el partido, al común
de los integrantes de la sociedad, a nosotros.
La primer gran derrota al capitalismo excluyente, ese que fagocita las
expectativas y los sueños de la mayor parte de los habitantes del planeta se la infligió el comunismo cuando cayó. Desde entonces el
capitalismo salvaje y posmodernista anda buscando un chivo
expiatorio para deslindar responsabilidades de los crímenes que
comete.
Por eso hoy más que nunca es importante volver a las fuentes y
revalorizarnos como sociedad. No creernos lo que no somos y
recordar la finitud de nuestra existencia. Un buen ejercicio cuando se
nos quieren subir los humos a la cabeza, lo recomiendo, es darnos una
vueltita por el cementerio.
En un mundo como el actual, utilitario y meritrocrático, donde
pareciera que es más importante ser exitoso que probo, donde
muchos se fijan al lado de quiénes se sientan o a qué lugares
concurren; donde el ratón renuncia a su condición de tal y se coloca
al alcance del gato poniendo en riesgo su propia existencia, gloria y
honra a los que renuncian al mandato social de parecer y son por lo
que cargan en la mochila de su intelecto y de su corazón.
Al no estar científicamente comprobado que el gato sea más útil o
importante que el ratón, no es bueno que los ratones quieran
parecerse a los gatos.
Que la actual circunstancia no nos paralice; no pensemos que el calentamiento global del planeta y las pestes son obstáculos insalvables. Los obstáculos son como la escalera, si de ella pensamos que sólo podemos llegar a caernos, nunca la veremos también como un medio para elevarnos.
Hace poco pensaba y decía que, si nos lo proponemos, todos podemos convertirnos en algo mejor. La oruga, en su metamorfosis, se transforma en crisálida para que luego, desde el capullo, salga volando una mariposa. Que así sea.