Por FABIAN CASTRIOTA
¿Qué puede sorprender que Argentina haya revertido un resultado frente a Egipto marcando tres goles en apenas trece minutos? Para un observador externo, puede parecer un milagro o una grave anomalía. Para los argentinos, es un reflejo del ritmo de nuestra historia. Un país que tuvo cinco presidentes en once días durante la crisis política de diciembre de 2001, no se asusta por un marcador adverso cuando aún queda tiempo.
En los últimos días se leyó a especialistas europeos ensayar teorías sobre por qué Argentina "no debería" seguir ganando, argumentando que el equipo carece de un funcionamiento normal. Es comprensible que piensen así. Sin embargo, su análisis nace de su propio sesgo cultural, lo que constituye, a mi criterio, un error de cálculo emocional. Intentan evaluar nuestro fútbol desde el paradigma de una supuesta "normalidad", desconociendo que para un argentino la normalidad es otra cuestión.
Para un europeo, la previsibilidad, el orden táctico y la planificación son garantías del éxito. Cuando ese orden se rompe, entran en crisis. Para el argentino, la crisis es un estado natural. Allí puede producir y crear alternativas superadoras. Desde la lógica de las emociones, lo que la incertidumbre representa una paralización para muchos, en el argentino “medio” es una fuente de inspiración y más aún en tiempos acotados. Esos tres goles en trece minutos contra Egipto no son una anomalía para un argentino; son la activación del “chip de supervivencia”. Donde otros ven caos, el jugador argentino ve un terreno conocido.
El error de diagnóstico de la mirada europea. Los especialistas externos suelen medir el rendimiento con métricas estructuradas. El error de cálculo emocional es pretender evaluar con lógica lineal un fenómeno que es circular y pasional. No contempla que la "anormalidad" (la volatilidad económica, social y política con la que se crece en Argentina) genera una tolerancia extrema a la frustración y a la presión. Lo que para Europa es "falta de estructura", para el fútbol argentino es flexibilidad y resiliencia.
La mística del interior y el anclaje a la tierra. Muchos jugadores argentinos dejaron sus pueblos de adolescentes, para probar suerte en pensiones de clubes en Buenos Aires. Ese proceso de maduración forzada templa el carácter mucho antes de llegar a Europa. Aunque hoy ganen en euros y vivan muy bien en ciudades europeas, no olvidan su club de barrio, su familia y su historia. Sus códigos de origen siguen intactos. Juegan con la mística del que sabe de dónde vino. El éxito para ellos también representa su identidad, el regreso al hogar, o sea, su pertenencia.
Mientras el fútbol europeo busca la perfección de una máquina “aceitada”, el argentino encuentra su genialidad en la capacidad de reparar el motor en pleno vuelo. "La selección gana porque su lógica es la de la rebeldía, la explosión y la superación de la adversidad”. Cada jugador sabe que trece minutos en Argentina son una eternidad, donde todo puede pasar. El jugador argentino no se rompe ante el imprevisto; se adapta. La emoción altera el tiempo y la física del juego.
Ver jugar y ganar a la selección es un electrocardiograma indescifrable, pero es el ritmo cardíaco del país. Es un fiel reflejo de la propia vida argentina: un drama que solo se disfruta cuando se gana sufriendo. Por eso la sociedad toda se siente tan reflejada en esta selección. En ese espejo están todas nuestras miserias y nuestras grandezas
Por FABIAN CASTRIOTA