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Creencia popular: la curandera

Padres con sus hijos haciendo cola en barrio Martín Fierro.

Día tras día una cola de personas se puede ver en una vivienda del barrio Martín Fierro, en lo que son las inmediaciones de la terminal de ómnibus. Se observa cómo principalmente padres llegan con sus hijos en bicicletas, motos y autos y se quedan a esperar su turno. “Acá vive una curandera”, dice un hombre que aguarda en su vehículo a su esposa que está en la cola con su hijo, al que llevó a curarlo de “pata de cabra”. Parece ser la especialidad de esta mujer, dada la cantidad de niños que se pueden ver en el lugar desde los primeros meses de vida hasta los más grandecitos. ¿Pata de cabra? Aparentemente según la creencia popular los bebés con pata de cabra tienen uno o más gusanos que "se alimentan" de su columna vertebral, provocándoles dolores que lo hacen arquearse con su cabeza hacia atrás. Pueden aparecer síntomas, dicen, como mancha oscura en la espalda o llanto incontrolable. E incluso se habla de malestar digestivo, vómitos, dolores, diarrea y falta de apetito. Los más crédulos dicen que hasta el médico les recomendó a la curandera, mientras que los más escépticos aseguran que esos síntomas se podrían tratar de una artritis, alergia a la leche u otros problemas estomacales con reflujo gástrico, que provocan un dolor reflejo hacia la zona de la espalda o simplemente problemas en la columna, como escoliosis. En fin, no sé cuántos de los que están leyendo estas líneas creen o no, pero estoy casi seguro que pocos habrán podido escapar de la curandera del barrio a la que nos llevaban nuestros padres cuando éramos chicos. Porque en todos los barrios había una de esas que nos ponía el “centímetro” en el estómago y hacia algunos ademanes mágicos para curarnos el empacho, como si estuviera midiendo algo. O de esas que nadie sabía que eran curanderas abiertamente, pero que cuando necesitabas curarte de “los nervios” tiraban maíz dentro de un vaso con agua y miraban atentamente cómo caían los granos, o algo así. O alguna abuela experimentada, tipo curandera amateur, que nos tiraba el cuerito de la espalda (un poquito más abajo) para que despidamos los parásitos (si hacía ruido estabas empachado, decía). Les digo que prefería dormir con la ruda debajo de la almohada. Ahora, para curar la pata de cabra, eso ya no era tan simple, no era cuestión de dejárselo a los principiantes; había que levantarse temprano y recorrer varias cuadras hasta la entrada del pueblo para llegar a ese lugar misterioso donde después de un rato te atendía una mujer que “a voluntad de lo que quería darle el paciente” hacía el trabajo. Los místicos a favor dirán que es una enviada de dios, los místicos en contra dirán que es una envidada del diablo. Los escépticos dirán que es alguien que engaña a la gente y le saca su plata. Lo que no se puede negar es que ya en los albores del siglo XXI la curandera sigue ahí, con sus misterios, con sus métodos, con sus explicaciones y sus creencias que desafían el avance de las ciencias médicas. Una herencia cultural que fue pasando de generación en generación y que no parece resignarse a desaparecer. Que si yo creo, no sé. Ahora que las hay, las hay...

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