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Arregla hasta 30 pares por semana y reveló cuál es la falla que más le llevan a su taller: "No es solo por lo económico"

En el marco del Día del Zapatero, Darío Kemerer detalló cómo sostiene su taller en barrio Mosconi, la demanda semanal de arreglos, la dificultad con los insumos en Rafaela y el legado familiar que busca transmitir a sus hijos.

En su taller de barrio Mosconi, Darío Kemerer trabaja a un ritmo constante que promedia entre 25 y 30 pares de calzado reparados por semana. Según explicó, la demanda no fluctúa únicamente por el contexto inflacionario: "Muchos relacionan el arreglo con lo económico. Yo en mi taller, la verdad que noto que no solamente es por lo económico, sino porque la gente ata su calzado a una emoción".

En ese sentido, detalló que "hay una generación que repara" y que "por más que pueda comprar algo nuevo, decir, esto no lo voy a tirar o no lo voy a descartar o lo tengo guardado, voy a devolverle su uso". Precisó que los clientes que buscan renovar calzado por este motivo son "de 40 para arriba", mientras que los jóvenes acuden principalmente para coser o reforzar botines deportivos y zapatillas debido a los costos de reposición.

13 de septiembre, día del zapatero
Tipos de arreglos, temporadas y límites del material

Al ser consultado sobre el trabajo diario, Kemerer afirmó: "El arreglo más común es el de las zapatillas. Por ejemplo, te dicen tengo un problema en el dedo porque me agujerea la zapatilla. Y en realidad todos tenemos ese problema en el dedo porque todo viene con el agujero en la zapatilla en la puntera". A esto sumó los despegues de suelas y la preparación previa para eventos sociales o cambios de estación: "La temporada ahora que ya empieza primavera, temporada de calor, la gente se acuerda que tenía rotas las sandalias, las zapatillas de trotar, de correr. En temporada de invierno, empieza el invierno y se acuerda. Siempre digo, vengan antes de la temporada anterior".

Respecto a la durabilidad de los productos actuales y la posibilidad de repararlos, aclaró que "generalmente todo tiene su reparación o se arregla", aunque marcó una excepción concreta: "Lo que no tiene arreglo es el símil cuando se empieza a pelar y tiene una vida útil. Pero en el caso de roturas y demás tiene arreglo".

Costos de mano de obra y falta de insumos en Rafaela

Frente a los precios del calzado nuevo, Kemerer remarcó que fija sus tarifas en función del tiempo y la técnica aplicada: "Hay tanta competencia con lo importado que hay arreglos que te salen lo mismo que conviene comprarte un calzado nuevo. Yo el arreglo no lo cobro por el valor del calzado, sino por mi trabajo".

En esa línea, recordó un intercambio con una clienta: "Me decía 'no, pero por lo que vale la zapatilla no me conviene arreglar'. Bueno, según tu criterio, tengo que cobrarlo menos porque la zapatilla es más económica, y cuando me traés una de marca tengo que cobrarte el triple por el mismo arreglo. Es el trabajo el que se cobra. Después cada uno decide si conviene reparar o no". Además, diferenció la calidad final del calzado reconstruido: "La gente va y se compra una nueva igual que se le va a romper en 15 días. Reparada ya no se vuelve a romper".

Por otro lado, expuso las dificultades que enfrenta para abastecerse en la ciudad: "Es muy difícil conseguir materiales nuevos para reparar. No hay proveedores en Rafaela, o por lo menos que yo conozca, para zapateros o talabarteros. Si bien hay un negocio, hay cosas generales. Para los que reparamos, comprar cosas puntuales se nos complica".

La pisada y la salud corporal

Kemerer también se refirió al descuido generalizado sobre el calzado y su impacto en el organismo: "La gente le da mucha importancia al cuerpo de los tobillos hacia arriba: un pantalón de calidad, ropa interior de calidad, una buena remera que no moleste, que dure, y no le da mucha importancia a los pies. Y los pies son los que nos trasladan a todos lados y mantienen en línea toda la estructura del cuerpo".

En ese punto, advirtió que una mala pisada "puede afectar no solo la columna o el cuello, sino hasta las mordidas cuando se va desarticulando", por lo que recomendó recurrir a consultas ortopédicas y utilizar los realces adecuados.

Cuatro generaciones, formación y el proyecto de diseño a medida

La vocación de Kemerer se vincula a la historia de su familia en la ciudad: "Mi bisabuelo, ucraniano, antes de la Segunda Guerra estuvo trabajando en los ferrocarriles hasta conseguir trabajo y se instaló acá en Rafaela y puso una fábrica de calzado en Avenida Mitre y España con uno de sus hijos. Después siguió mi abuelo, se cortó una generación y yo después retomé".

Al no haber recibido la enseñanza directa de sus antepasados, inició su formación en 2019: "Hice mi formación en el Centro de Formación N° 5 con Alberto Romano. La verdad que fue una gracia haberlo encontrado. Y después estudié en un instituto de Buenos Aires en diseño y fabricación de calzado". Sobre sus inicios, recordó: "Abrí el taller el día que empecé a cursar. Mi señora me empezó a comprar las herramientas y les agradezco a esas primeras clientas que apostaron a traerme sus botas, muchas compañeras de trabajo. Este es mi tercer espacio: abrí en un taller en un rinconcito con tres paredes en el fondo del patio; después pude alquilar un lugarcito y ahora mi hijo se casó, se fue, aproveché la pieza y armé el taller acá".

El zapatero, quien además es diácono permanente en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, mencionó que su meta futura es incorporar la fabricación personalizada: "Hoy no tengo las herramientas para fabricar un calzado de calidad como a mí me gustaría. Tengo como siete hijos; dos son los que me acompañan y a los que les estoy enseñando el oficio. Cuando ellos puedan hacerse cargo del taller, me gustaría hacer un taller para elaborar calzado de diseño para gente con problemas de pisada".

 

 

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