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Hortensia Poggi, la ambulanciera del barro que todavía lucha y cree

En el horizonte estaba el barro. Para los que sólo observaban los obstáculos, las calles polvorientas que se abrían en el Norte de Rafaela eran promesa de barriales intransitables en días de lluvias y de una realidad difícil, hecha de esfuerzos que parecían no alcanzar nunca y de esperanzas lejanas.
El Norte no era tan Norte en Rafaela: estaba ahí, en la "frontera" pavimentada de Avda. Brasil, más allá del predio de la Sociedad Rural. Y el Hogar de Menores Madres, en Perussia y Abele, era un extremo al que acomodada clase media rafaelino no solía animarse a llegar. Porque a veces las barreras sociales son más pesadas de remover que las físicas. Pero si el barro era el obstáculo físico que simbolizaba todos los otros; el oro existía en la esencia barrial. El oro eran los códigos de barrio bien entendidos. La solidaridad siempre presente. Estaba en las manos encallecidas por el trabajo, en la porfiada voluntad de progreso, en tantas y tantos buenas y buenos que le daban forma al Villa Dominga y al Barranquitas poniéndole el pecho a las adversidades, disfrutando cómo sólo los pobres saben disfrutar las alegrías. Las individuales y las colectivas. Ahí llegó Ella. A descubrir que abriendo las puertas de su primer trabajo, como preceptora en el Hogar de Menores Madres, estaba entrando a su verdadera vocación, que no era tanto la docencia para la que se había formado, sino el trabajo social.

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Hortensia Poggi - Parte 1
La Flaca de la Renoletita

Ella es Hortensia Poggi. Nacida y criada en el seno de una familia tradicional de la ciudad, nieta de Erasmo, quien tendió las primeras líneas telefónicas en la colonia Rafaela. Ella, una mujer joven y muy delgada, de una aparente endeblez física que encerraba una voluntad de hierro, dispuesta a pisar el barro para conocer las necesidades ajenas y no quedarse de brazos cruzados, sino todo lo contrario.
Hortensia, conociendo a las personas involucradas en la organización y atención del Hogar de Menores Madres, se preparó para ser asistente social. Estudió, se graduó y creció dentro de la profesión. Y Ella, la flaquita que no le tenía miedo al barro, se involucró en todo lo que la Argentina de aquellos años demandaba a sus jóvenes: la discusión política, el trabajo social, el compromiso con una causa, la irreductible e innegociable vocación de servir al bien común.

La ambulanciera del barro

El trabajo social la llevó a proyectos que se escribieron con letras doradas en la historia de Rafaela. Si el Villa Dominga y el Barranquitas habían sido los primeros lugares por donde transitó con su Renoletita verde -regalo de la familia para que transitara de una punta a otra de la ciudad, pronto se involucró en la problemática de los ranchos del Villa Podio.
En las luces tenues del living de su casa, en la primera cuadra de Avenida Mitre, a Hortensia le brillan los ojos cuando habla con este cronista. Y al cronista también, por qué no admitirlo. Porque hay emociones que no pueden ni deben contenerse. Ella cuenta. La historia de la bloquera que habían conocido en Rosario, de una barriada donde había un trabajo excepcional. De las familias que se involucraban en el armado de los ladrillos, para que los bloques hechos de a uno fueran las paredes de la dignidad que reemplazaran para siempre a esas chapas, cartones y acumuladores que simbolizaban la pobreza extrema de los más necesitados.

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Hortensia Poggi - Parte 2

Ella se hizo una institución entre lo pobres de Rafaela. Con su Renoletita, que era su medio de transporte, pero fue taxi gratuito, ambulancia improvisada para traslados al Hospital, puesto sanitario móvil para llevar remedios, vacunas, alimentos, lo que hiciera falta. Estaba la Renoletita verde, estaba la ayuda. Estaba la Flaquita que manejaba la Renoletita, estaba la militante social. Estaban las dos, y con ambas, la certeza de que ellos, los nadies que definía Eduardo Galeano, no estaban olvidados.

Del amor a las mazmorras de la dictadura

En noviembre de 1975, Hortensia Poggi se casó con Elbio Giovannini. Un mes antes, el 5 de Octubre, un grupo armado de la organización Montoneros copó una guarnición del Ejército en Formosa. Para huir, el grupo secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas. El avión descendió en un campo del distrito de Angélica, luego de sobrevolar a baja altura la zona de Rafaela y Susana. No fue un aterrizaje de emergencia, sino una acción organizada. La "pista" improvisada estaba señalada como un lugar apto para que un avión de gran porte pudiera descender. Y abajo había logística para que el escape no fuera una desbandada que dejara "regalados" a los combatientes. En las semanas posterios, los servicios de Inteligencia del Ejército y la Policía intensificaron la presión sobre los grupos "fichados" de Rafaela, a los que sabían -o imaginaban- comprometidos con la operación. Cayeron en fila decenas de personas cercanas y no tanto a los grupos militantes de Montoneros.

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Hortensia Poggi - Parte 3

La organización tenía un "embute" de armas en las profundidades de un bien disimulado pozo realizado en el Comedor Comunitario del barrio Villa Podio, en calle Estrada. El embute era un depósito al que no accedía cualquiera: la responsabilidad de su control estaba en manos de Roberto Quieto, integrante de la Conducción Nacional de la orga. Sin conocer absolutamente nada de la existencia de tal depósito, Hortensia tenía las llaves del comedor. Era la que lo abría para dar la asistencia a las familias del barrio. Tampoco los militares -que todavía no se habían hecho con el poder absoluto de la Nación, porque el golpe se consumaría meses después- conocían tal secreto. Pero la "razzia" se llevó a todos: el peine de la represión no era fino: se llevaba a unos y otro.

Los sótanos de la represión

Hortensia sí participaba de la militancia política, conocía a todos y sabía cosas. Pero esencialmente era ajena a cualquier tipo de violencia, por lo que su trabajo era "de superficie", como se decía entonces, para separar a quienes hacían trabajo político y quienes estaban involucrados en la lucha armada. A Hortensia se la llevaron sus vecinos de enfrente de toda la vida: policías que tenían su cuartel local en la Jefatura de Policía. Fue en diciembre, primeros días, dice Hortensia hoy. "Me pusieron una venda en los ojos. No sé donde me llevaron, a Santa Fe. Me torturaron, claro que sí. Me abrieron así -dice, poniendo brazos y piernas en cruz- y me torturaron. No me violaron, como sí lo hicieron con otras mujeres. Yo pedía por el Señor, porque siempre fui creyente, y estos tipos creían cualquier cosa y me torturaban más", recuerda.
El relato no profundiza. No viene al caso, ya todos sabemos la crueldades de los ejecutores del terrorismo de Estado, que ya estaban entrenados para lo que vendría después. Hortensia resistió. Pasó por las infames celdas de la Guardia de Infantería Reforzada de Santa Fe, experimentó el sadismo y un día la subieron a un avión para un traslado. En el piso del Hércules, con frío y temblando de miedo, también iba "tabicada". La llevaron a Devoto. Sin juicio ni justicia, "a disposición del Poder Ejecutivo", se habituó a la prisión. Fue liberada en 1878. Durante su cautiverio, una vez que pasó la etapa inicial de más dura violencia física, recibió una visita de "familia", se burló de las medidas de seguridad y tuvo relaciones íntimas con su marido, que luego también caería preso: quedó embarazada de su primera hija. "Tenía mucho miedo de contarlo, pero había algunas mujeres policías que se comportaban mejor con nosotras. Finalmente pude tener a mi beba estando presa, y a las pocas semanas se la dieron a mi familia para que la cuidara".

La reinserción

En la charla Hortensia recuerda con mucho cariño a varias personas que influyeron en su vida. Pocas como Horacio Rista, que nunca la perdió de vista: desde que le encargó, a poco de creado el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI) la realización de sus primeros trabajos como asistente social para ese organismo; hasta que -cuando recuperó la libertad- la volvió a emplear en la agencia local, para que Hortensia volviera a lo que siempre hizo: estar con los más necesitados.
El pasado jueves, Hortensia Poggi fue reconocida por el Concejo Municipal. Su paso por las mazmorras de la dictadura no es una "medalla" que haya necesitado lucir para tener el homenaje merecido: su lucha coherente e inclaudicable de tantos años incluye, sí, esa prueba de resistencia que suele ser la templanza final de la coraza con la que los justos defienden sus mejores causas. En los días previos, a una de las concejalas que iba a homenajearla le entró el mensaje de un hombre de 78 años, testigo de las historias contadas en esta breve narración. En un breve mensaje de Whatsapp, el hombre describió a Hortensia como esa mujer de principios inclaudicables que transformó su Renoletita en un vehículo de justicia social. Salud a Ella, la ambulanciera del barro.

Autor: 133210|
Hortensia Poggi Rafaela a 50 años del golpe militar

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